Sábado, cerca de la medianoche
Me tomo un rato, interrumpo la lectura y reviso un poco mi archivo. Lo guardo en un placard viejo de Celia con tapa de mármol. Desparramo, tratando de ser lo más ordenado posible, una infinidad de papeles, la mayoría diarios y revistas, pero también fotos, escritos a máquina, manuscritos y cartas. Realmente no pude hacer mucho, pero es una actividad que me reporta un singular placer. Vuelvo a meter todo casi de la misma manera que estaba. Cuando la novela en la que estoy finalmente despegue (si es que despega, y creo que sí, que va bien, hoy estuve agregando algunas cosas), voy a poder usar uso de parte de ese material.
Al parecer William Burroughs también tenía un archivo de este tipo. Y Calvino guardaba en carpetas lo que escribía al azar. No es mala idea, pero el archivo debe ir acompañado de cierta idea de síntesis que yo adquirí mucho después de que mi archivo tuviera ya un cuerpo respetable.
No junto el material que traigo de los viajes con el archivo. No sé por qué no lo hago. Quizás después de todo sí haya un orden en ese caos.
Antes de cerrar, visito algunos blog ajenos. Sorprendente y desalentador al mismo tiempo. ¿Por qué? No lo sé. Dejo pendiente consignar larga conversación con Leandro, que sigue en Minneapolis, sobre a qué se debe mi falta de concentración en la escritura de la nueva novela. Los lectores, agradecidos. Leandro también.
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