
Mi
nombre es Juan Nicolás Terranova. Nací en el día
de los santos inocentes, esto es el 28 de diciembre, del último
año de la presidencia de Isabelita, esto es 1975. No sé si
alguna de estas dos coincidencias significan algo. La gente
tiene ocurrencias y hace asociaciones con lo primero, de
lo segundo ni se acuerda.
Soy fanático de la web, de los rinocerontes y de las historietas
de Robin Wood (en especial sus dos grandes clásicos Nippur
de Lagash y Dago). Me gusta mucho, mucho, leer novelas (no cuentos,
ni teatro ni poesía, novelas)
y a veces amaso pizzas para mis amigos. Otras veces, sobre todo en
verano, me gusta quedarme despierto hasta las cinco de la mañana
sólo por
el placer de sentir la respiración dormida de Buenos Aires.
Pasé toda mi juventud en la zona de Almagro, Caballito y Flores. Cursé el
bachillerato con orientación en letras en una escuela normal que más
bien era una mezcla despiadada de zoológico y kermese. Después
conjuré toda esta herencia, haciendo la carrera de letras de la UBA. Fue
como saltar de la sartén al fuego. Mi otra educación
se dio en los puestos de libros del parque Rivadavia.
Me licencié a fines del 2002. Tardé un poco más
de lo usual porque, en general, no fui un estudiante aplicado, sino
más bien disperso,
y promediando la carrera cierto entusiasmo comprensible me llevó a
Europa. El famoso viaje iniciático. ¿Por qué no?
En Alemania, deambulé por
ahí ejerciendo los trabajos más extraños a mi
idiosincrasia, desde cuidadoso jardinero hasta irresponsable baby
sitter. Aprendí un
rústico alemán y después estuve casi un año
en París,
leyendo a Maupassant y a Baudelaire, y escribiendo diarios y poemas
con técnicas
pasadas de moda. El viaje se extendió a Inglaterra, a Holanda
y especialmente a Italia. Ya de vuelta en Buenos Aires, fundé con
algunos amigos la revista Tres Galgos, que todavía goza de
buena salud. También para esa época,
empecé a dictar clases de Literatura Brasileña y Portuguesa
en la UBA. Durante el tiempo que fui profesor, cuatro largos y fecundos
años,
viajé a Brasil un par de veces. Conocí el morro Santa
Teresa en Rio, al poeta barroco Gregorio de Matos, la amnesia caótica
de los edificios de San Paulo, inmensos escritores como Nelson Rodrigues
y Julio Ribeiro, y un
bar en Leblón donde es muy difícil no relajarse y ser
feliz.
En abril del 2003, me casé con Celia y juntos nos fuimos de viaje de luna
de miel a La Habana. Durante nuestra estadía en la isla, las autoridades
revolucionarias fusilaron a tres disidentes mientras en Ginebra una comisión
internacional de Derechos Humanos evaluaba posibles medidas contra el régimen
de Castro. También comimos kinbombó, caminamos por el malecón
y nos bañamos en el mejor mar del mundo. Celia me arrastró a ver
una representación socialista y caribeña de La Celestina que no
estuvo tan mal. Traté de poner todo eso en una novela pero era demasiada
información.
Hoy en día
mi vida se reparte entre escribir la contratapa del libro
Tratado de fileteado Porteño de Alfredo Genovese,
bajar pornografía de Internet, sorprenderme una vez
más de lo mucho que me gusta Buenos Aires, leer en
los bares, besar a Celia, y, por supuesto, pensar una nueva
y más perfecta novela. Quizás el entusiasmo
no pase de un par de atractivas notas en un cuaderno. Pero
estoy convencido de que siempre vale la pena hacer el intento.
Buenos Aires, Julio
del 2003
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