y otra anécdota más
Otra anécdota más sobre eso que llamo "la experiencia" y que no tiene nombre.
Hace algunos años, en la costa atlántica, fui a unas mesas de escritores invitado por alguno que se había equivocado. Yo apenas tenía, digamos, veinte años, quizás un poco más. Los demás eran tipos de arriba de cinuenta, por ahí había alguno de cuarenta y cinco. Como fuere la diferencia de edad era clara. Es probable que yo fuera el especimen de "escritor joven". Me gusta que se acuerden de mí, así que fui y ahí estaba.
Cada uno dijo, a su turno, las burradas que había preparado para la ocasión y lo mío, lo digo sin humildad pero tampoco sin soberbia, no fue lo peor. No había mucha ni poca gente, había algunos vacíos en la platea, sí, pero también había varios señores y señoras que se hacían los que estaban escuchando. En segunda fila, me acuerdo muy bien, había una mujer de unos cuarenta años. Era bella y tenía un aire de seriedad que se acentuó cuando mis compñaeros fueron demandados a entrar en un debate de lo más boludo con preguntas del público y todo eso. Ni me acuerdo qué pasó, yo me dedicaba a mirar a esa mujer.
Cuando el circo terminó, el grupo fue invitado a una cena, pero yo me corrí a un costado y la mujer se me nos acercó a mí y al tipo que organizaba y que era librero. Él la conocía. Ella dijo: "¿Vamos a tomar un helado al centro?". El librero, ella y yo nos escapamos de la cena y nos fuimos caminando hasta una heladería Massera. La mujer era bailarian y cada vez que hablaba desacreditaba todo lo que se había dicho en la mesa. No eran ataques directos, eran frases como "Mhm, qué bueno está este helado" o "Mañana va a ser un´buen día de playa" o "Tuve una pelea con uan compñaera del ballet y ahora nos tenemos que soportar en silencio".
El librero no entendía nada. Estaba caliente como un adolescente y decía que sí, pero en los ojos se le veía que no. Yo la entendí desde el principio. Nunca volvía a ver a la mujer ni al librero. Pero al otro día de la charla, fui a la playa y nadé muchísimo y juegué al voley cuando empezó a bajar el sol. Realmente la pasé muy bien.
Me acuerdo que cuando me subí al micro para volver a Buenos Aires pensé en lo tristes que podía ser los escritores cuando se juntaban.
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