Viernes a la tarde
Puse a llenar la bañadera y mientras esperaba leí un diario viejo. Había decidido no ir a trabajar y estaba conforme con la decisión. Podía hacer mucho más por mi trabajo si me quedaba en casa y escribía o buscaba algún tema decente para una nota. Era una excusa, pero servía.
Aparte quería leer. Estaba atrasado con algunos libros y tenìa que corregir otras cosas. Mientras se llenaba la bañadera, me acordé de una reunión de amigos por Parque Patricios. Habíamos comido empanadas y tomado unas botellas de vino.
Entre la gente que yo no conocía, había un irlandés. Era irlandés o hijo de irlandeses. Fumaba en pipa. Contó que había vivido en Salta y defendía la música de gaitas que sonaba en el tocadiscos, un aparato viejo y con aire bohemio.
A mí me caen bien los irlandeses, pero este hacía un pequeño esfuerzo que me desorientaba. Enseguida empezó a hablar de sus conquistas y de cómo lo amaban las putas a las que concurría, perdí interés.
Cuando la bañera estuvo llena, dejé el diario, me desnudé y me sumergí. El agua estaba caliente. Enseguida llegó Celia. Ya estábamos cerca del mediodía y los dos teníamos hambre.
En el agua, sentí que los músculos se me aflojaban y pensé que para disfrutar un buen libro hay que tener cierta intrucción. No escolar, por supuesto, digamos cierta predisposición a dejarse capturar por el saber o la experiencia del otro. Celia me dice que a veces soy
cascarrabias. Es posible que tenga razón.
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