Miércoles a la tarde
Y entonces, volvés al barrio. Después de caminar otros lugares, volvés a ese lugar, el lugar, el que te había suministrado hastío como para tirar abajo un pared de ladrillos y nervios como para inflar un globo con forma de elefante tamaño natural.
Al principio, no pasa nada. Después, no pasa nada. Y entonces uno se pregunta: bueno, la cosa sigue igual. Pero no, porque uno está más viejo y los discos, aunque te los acuerdes de memoria, ahora los tiene tu hermano.
Todo eso que antes era parte dinámica de una vida que, insisto, apenas se aguantaba, ahora pesa casi nada y la óptica cambia, la perspectiva cambia. No es algo malo. Pero ya no hay tiempo para armar un grupo de rock o pasarse todo el día leyendo historietas mexicanas y aprendiendo sin darse cuenta.
La pregunta obligada es ¿cómo voy a ver lo que estoy viviendo ahora dentro de unos años? Nuestra rutina de hoy, mañana convertida en fetiche y en recuerdo.
Ya tendría que estar saliendo para la maestría, a pelearme, a hacer el inteliegente, el irónico, el payaso intelectual. Qué va. No tengo ni ganas.
Hoy a la noche nos vamos a Tres Arroyos. Este weblog se retomará el lunes que viene, el domingo si encuentro algún bar abierto. Hasta entonces y recuerden: no hay nada como tomar una buena decisión y releer un libro que nos haya gustado en una edición prolija.
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