Jueves sólo un poco más tarde
No soy una persona fóbica. No sé si sirve como ejemplo, pero, llegado el caso, me puedo sonar la nariz con la mano. Tampoco tengo miedo a hablar con alguien a quien no conozco. Más bien todo lo contrario.
Celia sí es un poco fóbica. (Jamás se sonaría la nariz con la amno y para hablar con alguien en un ascensor lo piensa dos veces.) Ya aprendí a vivir con eso. (Sin ir más lejo le acabo de preguntar si puedo poner que ella es un poco fóbica en el blog.) Aparte, lo digo sin culpa porque yo me asumo como histérico melodramático, así que nos entendemos.
Retomando, tengo la ligera impresión de que muchas veces confundimos la inteligencia (sea lo que esto sea) con otros asuntos de índole fóbica, histérica y narcisista.
Cuando uno no actúa por miedo al error, no creo que deba decir que es inteligente.
¿O sí?
En una carta del 19 de diciembre de 1929, Antonio Gramsci hace suya una frase de Romain Roland que ya pasó a la historia como de su autoria. Es una gran frase.
"Il mio stato d´animo sintetizza questi due sentimenti e li supera: sono pessimista con l´intelligenza, ma ottimista per la volontá."
¿Pesimista para pensar, optimista para actuar? Posiblemente sea la mejor opción para manejarse en la vida.
Avanzar, creer en sí mismo y en la propia voluntad, pero no con un discurso triunfalista y bobo, sino con un discurso que tome distancia, que mida la situación y que preveea los peores inconvenientes.
En Buenos Aires, no hay mucha gente que hoy crea en la voluntad. Más bien está lleno de amargos que se creen super inteligentes y cuya super inteligencia los lleva como excusa perfecta a la parálisis más absoluta.
La parálisis, especialmente, me molesta. Ahora, la parálisis justificada por la inteligencia me resulta directamente aterradora.
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