Miércoles a la mañana
Ayer estuve con Santiago Llach. Tiene un estudio bastante cerca de casa y nos juntamos a la mañana y fuimos a un bar y yo pedí un café con leche.
Nos entendimos bastante bien. A veces pasa. No es tan difícil después de todo. Él tiene dos hijos, yo tengo el primero en camino, el escribe una poesía que a mí me entusiasma mucho y editó a los mejores poetas de los noventa, yo tengo una obsesión con el presente. A los dos nos gusta la literatura y el campo intelectual nos da curiosidad. En fin, a veces pasa que la cosa conecta.
- Tradición y ruptura, como si fuera una pulseada, pero los pibes te dan como una tranquilidad -dijo.
Yo ya había leído con esmerada atención "La Raza" (ediciones siesta, 1998) que con "La máquina de hacer paraguayitos" de Cucurto, en mi opinión, son los dos libros de poesía más importantes de fines de los noventa. Ambos influyeron mucho en la escritura de "El Ignorante".
Una cosa me shockeó particularmente. Cuando le dije que cada vez reprochaba más no haber estado, por lo menos enterado, de esa movida desde el principio, él me la puso muy clara.
- No, eso fue el princpio apenas, la cuestión es ahora.
Ahora. Esa es la actitud. ¿Ven? Por eso me lleva ventaja.
Ayer Santiago me pasó cuatro libros. "¿Existen los animales?" de Cecilia Pavón, "XXX" de Marina Mariasch y "La causa de la guerra" de él mismo, en el formato chico de Siesta. En el formato grande, en una edición casi de lujo, "Lampiño" de Martín Rodriguez.
Leí atentamente "la causa de la guerra" apenas llegué a casa. Lo disfruté mucho. Llach es un poeta amable, y no por eso falto de carisma o de energía.
Uno a veces encuentra ese tipo de poesía que auna la fuerza y la alegría. Es difícil, pero está ahí, como si nos esperara. Hay que descubrirla.
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