domingo a la tarde
En los 90, "escribir bien" era una prioridad. La política no significaba, la vitalidad, la sensualidad, el error, los arrebatos, la pasión, la fe, la utilidad, nada de eso se perdonaba. "Escribir bien" era escribir como Flaubert, como Proust o mucho peor, como Joyce o como Deleuze. Uno no puede más que pensar que todas esas idnicaciones tácitas eran un desastre.
La carrera de letras estaba llena de putas esteticistas. Los miro en perspectiva como se mira por un pasillo sucio que se acaba de atravesar y me da un poco de vergüenza ajena.
Los libros que atendían a esto eran recomendados. Aunque las novelas de Marcelo Cohen fueran, digámoslo, muy aburridas y hasta sosas, el tipo "escribía bien". Lo grasa era "escribir mal".
Bueno, eso se terminó y demos gracias a Dios. Es posible que la relativización de Borges a manos de los escritores jóvenes tenga algo que ver con esto.
Hoy el mejor estilo es tener algo que decir.
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