Pequeño diario del viaje que pasó
Primer día.
Viajamos con mis sobrinos y viajamos bien. El auto no responde como quisiera, pero es agrdable para todos llegar a la casa y que haya sol y pocas nubes. La casa sigue igual y Celia dice “esta es la casa para escribir, y para descansar y para leer”.
Yo voy a buscar a los perros en el rastrojero con un peón y vuelvo en la caja, con ellos, que viene atados. Babean mucho y huelen el aire.
Trabajamos en la tierra que rodea a la casa con bastante decisión. Celia se refiere a ese pedazo de tierra como “el parque”.
A la tarde, después de comer, mucho calor y en el baño encuentro una víbora estática en la rejilla. Pienso que es de mentira, que es un chasco, que uno de mis sobrinos la puso ahí. Es de hacer esas cosas. Mientras me río de mí mismo, la víbora de mentira saca la lengua y después con una gracia y una facilidad horrorosa atraviesa la rejilla y desaparece.
Sacamos la rejilla y la matamos con un palo de escoba. No veo a la víbora, pero la sangre tiñe el agua.
Cenamos carne y ajíes en aceite.
A la noche escuchamos la radio. El programa se llama “Cartas y encuentros” y va por Continental. La gente llama por teléfono y dice cómo es y sei quiere sexo o amor o ambos. Atrás, como cortina musical, le ponen be bop. “Me encanta como objeto cultural” le digo a Celia, que tiene cara de cansada. Fue un día largo. La radio es la mejor compañía.
Segundo día
Muy ventoso. Viento norte, caliente y seco. El viento con calor y sol siempre me da una sensación de irrealidad. Los perros se quedan cerca de la casa y eso nos gusta.
Más tarde, trabajamos en el parque y me salen ampollas en las manos por la pala. Hay muchos mosquitos.
A la tarde uno de mis sobrinos me encuentra escribiendo me pregunta si es difícil escribir un libro.
— No —le digo—. Cualquiera puede escribir un libro, escribir un libro bueno ya es otra cosa.
Igual, pienso, también hay arte en hacerle creer a la gente que un libro bueno es muy bueno, o un libro regular es muy legible. Todo parece muy fácil o muy difícil, según cómo se lo mire. No le digo estas cosas a mí sobrino, pero la primer respuesta lo conforma bastante.
Tercer día
Irma es una mujer que Celia trajo del pueblo para que nos ayude a limpiar la casa. Mientras repasa unos vidrios desde afuera, uno de los perros, el más agresivo, la muerde. Le clava un colmillo con fuerza un poco más arriba del tobillo derecho. No es una mordida muy grande, pero la hace sangrar y yo me siento culpable. Nos asustamos un poco y hace mucho calor. La llevo al pueblo solo y vuelvo con una bolsa de hielo. Trabajamos un poco en el parque y dormimos la siesta.
A la tarde, sentados a la sobra de la entrada de la casa Celia me explica con una precisión admirable porque Hemingway es tan buen escritor.
— Confía en que una persona lo va a entender y escribe para esa persona.
Hace calor y hay silencio y no hay nubes. Los moscas hacen algún ruido o algún pájaro.
Cuarto día
Conversamos con mi sobrinos sobre cómo funciona la memoria. Interesante escuchar a un pibe de doce años teorizando sobre la memoria. Cuando habla como si fuera un adulto, mucho menos interesante.
Ayer tuvimos una mala noche. No mala, en realidad, apenas sin agua. Nos olvidamos de abrir el molino y cuando lo hicimos, el día ya hacía rato que se había planchado.
— Prefiero quedarme sin electricidad antes que sin agua— dice Celia.
Hoy, después de una noche sin agua, ver girar el molino da una extraña y muy primaria satisfacción.
Ahora escribo en la playa, entre los médanos que nos protegen del viento.
Quinto día
Metimos el jeep en la arena y fuimos al caracolero, un rarefice que queda a unos treinta kilómetros por la playa y donde se consiguen caracoles muy grandes. Cuando volvíamos, encontramos un pingüino. Estaba solo y era algo triste saber que se había perdido y que seguramente se iba a morir apenas lo dejáramos. Celia dijo que no era la primera vez que veía uno. “Tiene mucho petróleo encima” dijo.
Tratamos de darle un poco de pan pero no lo quiso. Lo chicos estaban contentos de haberlo encontrado y poder verlo de tan cerca pero al mismo tiempo a todos nos desagradaba la idea abandonarlo a su suerte.
Ya en la casa, Celia trabaja con una tenacidad admirable la tierra y después me pide que le sostenga la escalera para colgar una lámparas de papel del techo.
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