martes a la tarde
Hoy en día no hay muchas cosas que me vuelvan loco. Por lo menos, no como cuando todavía estaba en la escuela.
Para mi época de escuela primaria, éste era el mejor momento del año. Si habías estudiado o te las habías ingeniado como para no tener problemas, las vacaciones se abrían adelante, en el tiempo, como un abismo infinito.
Y entonces yo me relajaba y sabía que venían los amigos y tomar sol en la pileta del Club y llegar cansado a casa después de todo un día al aire libre. Y podía leer historietas de Fangoria hasta cualquier hora de la noche o incluso leer un libro largo. Nada de clases de inglés, ni de pruebas ni cosas raras donde se me exigieran conocimientos ridículos sobre geografía o matemática. Yo había cumplido mi año escolar, era el momento en que me recuperaba a mí mismo. Tenía derecho a hacerlo y lo hacía.
Lo que más cerca está de esa sensación de felicidad por estos días son, precismente, los momentos con amigos. Compartir un momento, disfrutar de una anécdota. No es complicado pero se da cada tanto.
Ayer fuimos a comer con Celia a la casa de Martín y de Pili. Charlamos mucho y nos reímos mucho, a veces por cosas muy tontas, como el Batman y Robin de Cha cha cha, por ejemplo. Había peceto frío y palta, que con tomate y rúcula conforma uno de los mejores y más simples platos a los que uno puede aspirar. La cerveza estaba a una temperatura ideal.
Aparte, construimos una categoría crítica para hablar de aquello que es muy difícil describir.
Cuatro chicos de doce años salen en excursión para ver un cadáver. Uno de ellos quiere ser escritor. Duermen en un bosque. El aspirante a escritor, después de una noche grupal, a la luz del fuego contando historias, se levanta temprano y ve un ciervo. Es un ciervo pequeño y él está sentado no haciendo nada especial o quizás escribiendo y lo ve llegar y lo ve irse.
Y enseguida la voz en off explica que no le comentó a ninguno de sus amigos la visita. "Me la guardé para mí."
¿Se entiende? Claro. Todos sabíamos de qué hablábamos. Lo que hizo Martín fue ponerle nombre: "El toque del ciervo".
Para más precisiones dijo: "Es cuando el tipo la hace bien, y te la manda a guardar".
"Cuenta conmigo" termina con una frase inapelable: "Nunca tuve amigos como los amigos de cuando tenía doce años, pero ¿quién los tuvo?".
La frase es cierta. Pero me gusta pensar que uno siempre puede volver a revivir momentos como esos, cuando las clases se había terminado y uno se sentía libre, y el verano ya era una realidad, y si llegaba "el toque del ciervo", el mundo era perfecto y completo.
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