Pequeña crónica del viaje
El viaje.
Apenas traslúcido, el vidrio del baño del micro convierte la pampa en un cuadro de Monet. Sentado más adelante, hay un borracho. Estaría bien que se callara. Dice en voz alta que es una persona trabajadora. Me lo encuentro otra vez, en el bar de la terminal. Son las seis y media d ela mañana y se pide un whisky con soda. Salud.
Primer día.
La casa está sucia, llena de polvo. Tenemos barro en los zapatos por la lluvia y eso no ayuda. Pero estamos contentos porque la casa es nuestra, y es firme y agradable.
Segundo día.
Escribo sobre un pedazo de papale madera. Me acuerdo de Apolo: "Dicen que si te dedicás a hacer plata, después no volvés más a esto". ¿Qué es esto? La necesidad de escribir en un pedazo de papale madera, por ejemplo. ¿La salvación por el dinero? Después, una comida frugal. Un pedazo de carne, unos tomates.
Tercer día.
¿Somos aplicados? Sí, somos muy estudiosos, pero también somos críticos, y ahora viajamos en un jeep azul con motor de falcon, seis cilindros, 3.1, a toda máquina por los caminos polvorientos de la Pampa, lo cual no es una actividad precisamente intelectual.
Cuarto día.
Pasamos el mediodía en Tres Arroyos, ya un poco cansados. El sábado corrimos. Dejamos algunas cuentas para el próximo mes. Muchas más veces de lo que nos gustaría, nos sentimos sólos. La ciudad está desierta.
Llegada.
A las once de la noche, desencajados como siempre, salimos de la terminal de Retiro. La sensación de estar de vuelta llega recién cuando uno se pega una ducha y se saca el polvo de las orejas. No cenamos. Nos vamos derecho a la cama. El gato está contento de tenernos de vuelta. Celia se duerme mientras lo acaricia.
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