Sobre el viaje a cuba y los sesentas
La Habana es algo muy interesante. Pero no por lo sesentas. Con mi mujer fuimos a Casa de las Américas y eso se transformó en una metáfora del viaje. Fuimos dos veces, la primera nos sacamos una foto y no nos atendió nadie. La segunda, preguntamos, nos conectaron, y nos atendió una azafata. Sí, una azafata, una mujer vestida como una azafata, que hablaba como una azafata. No como una vendedora de seguros, ¿eh? No, era una azafata, hasta tenía un pañulito alrededor del cuello de color azul oscuro. Camisa blanca, bien vestida, alta, muy amable. Cada tres frases repetía: “La casa está abierta a todos, es una verdadera casa”, “la casa está abierta a todos, es una verdadera casa”. Sí, pero cuando fuimos solos, sin “contacto” lo único que hicimos fue sacarle una foto a un tipo que leía el Granma en el hall. Después fuimos a la librería, donde tenían seis libros, seis ¿eh? Y ahí sí, había un tipo que era real, que hablaba a los gritos, pero igual nos terminó contando como había conocido al presidente de Costar Rica que lo había ido a ver a Retamar. La anécdota más graciosa fue cuando entramos a un salón muy grande y la azafata nos dice “acá tocó por primera vez Silvio Rodríguez”. Y acto seguido, Celia me mirá con una cara de “callate la boca”, tendrían que haber visto esa cara, porque justo la noche anterior yo había estado argumentando sobre la imbecilidad de la música de Silvio Rodríguez, en contraposición a la superioridad casi total de César Banana Pueyrredón. De Silvio Rodriguez la única canción que me parece escuchable es Playa Girón, todo los demás, me parece una mierda en lata.
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