Anotación
Sigo preguntándome qué es lo que busca un lector cuando elige una novela.
Respondo: Básicamente, enterarse de una historia, pero no de cualquier historia, sino de una historia completa, algo que vaya de un principio a un final. Absolutamente todas las personas y todos los objetos del mundo están atravesados por su propia historia y también por historias ajenas.
Creo que lo que hace la novela, a diferencia de otros géneros literarios, es unir esas pequeñas narraciones que lo atraviesan todo y concebir un cuerpo. Puede ser un cuerpo deforme o cojo, maltrecho o apolineo, pero nunca deja de ser un cuerpo. El mismo libro se lo da en su materialidad. Poder llevar un principio y un fin, un universo cerrado sobre sí mismo, en el bolsillo, no es poca cosa. La novela que aparece en forma de folletín especula con esta idea de lo completo. Igual que el asesino sádico, manda pedazos del cuerpo de su víctima (orejas, dedos, vísceras) a los lectores que deben pagar el rescate para enterarse de cómo sigue el asunto.
En la alta Edad Media, la palabra Centón designaba tanto un rústico manto hecho con pedazos de diferentes tipos de tela como un género literario. Este último, practicado por los latinistas, consistía en lograr un evangelio o una piedad ensamblando oraciones de autores clásicos. Debo incorporar la teoría del centón. Del fragmento sacar la totalidad, lo completo. ¿Por qué el fragmento nos hostiga tanto? El fragmento es producido por la pulsión, la pulsión es fragmentadora. A la pulsión hay que, necesariamente, sobreimprimirle un deseo. Cuando esto ocurre, la relación con lo fragmentario, o sea todo lo real, mejora. Si la realidad es fragmentaria, la novela en su pretensión de completarse se le opone. De alguna forma, la literatura del siglo XX, menos áurea que la del siglo XIX, es hija del centón.
Yo, como narrador, con los pedazos de mi vida armo una capa que sirve para ocultarme.
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