Miércoles a la noche
Un diario de alta tirada publica una lista de empresas ligadas al narcotráfico colombiano. Una editorial que conozco está en la lista. Igual que la droga, la literatura nos la metemos en el cuerpo porque queremos, nadie nos obliga a hacerlo. Por otra parte me parece bien que una industria ilegal y perseguida por los poderes internacionales fomente la cultura de la lectura de los países sub-desarrollados. Es una ironía. Una gran ironía. Descuelgo el teléfono y llamo a X, el editor, para saber si leyó el artículo. Me dice que sí, que si es verdad, los escritores y los editores van a ir presos por cómplices. Se ríe. Me explica que la nota es un ajuste de cuentas entre consorcios multimedios. El asunto viene de lejos. Conozco la historia.
El pastor Carl Bertelsmann fundó una pequeña editorial de textos bíblicos en Gütersloh, Alemania, en 1835. En tres generaciones la casa se expandió a otras ciudades. Durante la guerra, Reinhard Mohn, bisnieto del pastor, piloteaba un avión de la Luftwaffe cuando fue derribado sobre Túnez. Tenía veintidós años. La historia dice que los aliados lo llevaron a Kansas, pero lo más probable es que desertara y decidiera visitar América por su cuenta.
Allí conoció el sistema de venta del club del libro. Años más tarde, de vuelta en su Alemania natal, lo implementó con éxito. Como la antigua editorial había sido arrasada por las bombas, el círculo de lectores tuvo su sede en la casa paterna de Mohn. No se necesitaba mucho para organizarlo. Las ediciones de bolsillo, baratas y de producción alemana, en combinación con el bloqueo mercantil impuesto a la nación vencida hicieron que el negocio prosperara inmediatamente. La editorial comenzó a adquirir acciones. Y después directamente a comprar otras compañías.
A treinta años de inaugurado el club de lectores, ya pertenecían a Bertelsmann dos sellos discográficos, tres revistas de moda y una nutrida cantidad de acciones en cine y TV. Se suele decir que Bertelsmann fue la responsable de la introducción de Elvis en Alemania oriental y en toda Europa del este. Cuando llegó la explosión de la TV satelital, el grupo tenía antenas y repetidoras en Polonia, Inglaterra, Francia y Hungría.
En 1997 compró Random House, una importante editorial norteamericana, y se convirtió en el mayor comercializador de libros del mundo. Para la misma fecha también hubo un escándalo a medias pergeñado y completamente avalado por cierta parte de la prensa internacional. Un apasionado investigador descubrió que Bertelsmann fue la primera compañía en compilar y editar los discursos de Goebbels. Hoy los libros no superan el quince por ciento de los negocios del consorcio.
Berterlsmann es dueña de emisoras de radio, sellos discográficos, televisión por aire, cable y satélite, producción de contenidos para cine, gestoría de derechos de autor para productos y subproductos, pero también posee supermercados, sistemas de agua corriente y empresas de recolección de residuos. Una gran parte de las acciones de varios emprendimientos vinculados a la fabricación de armas y logística aeroespacial le pertenecen. Es realmente impresionante.
El editor X me contó que no hace mucho la editorial para la que él trabaja (que no es en ningún aspecto una iniciativa independiente) fue absorbida por Bertelsmann dentro de un paquete junto con estaciones de servicio, una empresa constructora, por lo menos dos bancos, y hasta una cadena de carnicerías. Según Héctor, el holding necesita incrementar el porcentaje de ganancia del precio de tapa para poder cotizar sus acciones en la Bolsa. El argumento de siempre, “no se consigue que los libros vendan tanto como se quiere”, ha suscitado acaloradas discusiones y algún que otro despido. Y, sobre todo, un gran movimiento en el área de “best-sellers de calidad”, lo que es decir libros de autor que se venden mucho. Por ejemplo, renombrados periodistas, escritores consagrados, opinólogos de los programas de televisión y candidatos al Nobel chillaron como viejas de feria. Muchos de ellos, paradójicamente, son declarados intelectuales de izquierda. Y todos se precian de ser defensores de la “cultura”, pero cuando se les negó la posibilidad de pertenecer y publicar en la multinacional Bertelsmann, hubo pataleo. Desde allí, según X, debe ser leída, la nota del narcotráfico. Algún resentido, dijo.
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