Historias de adulterio reales
Historia de adulterio 1. El conde de Barrionuevo prostituía a su esposa. La mujer, una noble en decadencia como él, lo amaba con toda su alma. La trama se desata porque la desdichada, escrupulosa a su modo, se resiste a ejercer su oficio impuesto en período de Cuaresma, días que considera santos. El conde le da siete puñaladas, y pide asilo en la embajada de Venecia, pero los nobles italianos se lo niegan. Entonces, huye.
La prostitución forzada... ¿No es el reverso del adulterio? ¿No es acaso otra historia de amor?
Imagino la huida del Conde de Barrionuevo por Europa, visitando ciudades, descriptas en forma exasperadamente gótica, donde seduce otras mujeres y termina matándolas.
Historia de adulterio 2. Henri Littière, un pastelero de París, fue procesado en 1934 por obligar a su mujer a llevar un cinturón de castidad. Littière era un riguroso investigador amateur de la Edad Media. Hizo fabricar el artilugio de unos bocetos que él mismo extrajo de un modelo que se exhibía en el museo de Cluny. Según la enciclopedia consultada, el cinturón era de metal, forrado en terciopelo y poseía dos pequeñas aberturas. La multa que pagó Littière fue de apenas 50 francos.
El cinturón de castidad no lo inventaron los cruzados de la Edad Media, sino que tuvo su auge en el Renacimiento y fueron los mismos cruzados que volvían de Tierra Santa los que lo llevaron a Europa.
Historia de adulterio 3. Sevilla para el momento en que un Fuero Real de la Corona concedía al marido cornudo la facultad de perdonar a los culpables o ejecutarlos por propia mano. Don Rodrigo, caballero de Castilla, habiendo sorprendido a su mujer en flagrante delito de adulterio y echando mano a su rival “castrol de pixa et de coiones”. Luego fue condenado a muerte, no por haber mutilado a su burlador, sino por haber perdonado a su mujer.
Historia de adulterio 4. Don Juan de Bienhablares, artesano zapatero, encontró a su mujer en la cama con su amante y llamó a la justicia para que los detuvieran. De acuerdo con las leyes, los culpables fueron entregados al marido engañado para que hiciese con ellos lo que quisiera. El zapatero los condenó a muerte y se levantó un patíbulo para ejecutar la sentencia. Al subir los culpables al cadalso, la multitud pidió a gritos al marido que los perdonara. Pero él, sin hacer caso a nadie, degolló primero a la mujer y después al amante con una gubia que usaba para cortar cuero. Enseguida empapó su sombrero en la sangre de ambos y lo lanzó a la muchedumbre mientras gritaba: “¡fuera cuernos!”
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