Un recuerdo
Tengo un recuerdo. Voy a una exposición de artistas plásticos. Todo era inacabado, inacabado y fallido. Del conjunto se separaban, y sólo si uno se detenía a mirar, una vasijas. Estaban moldeadas y cocidas en barro negro. Las guardas que las adornaban eran dibujos geométricos. Su simplicidad estaba llena de... ¿Cómo decirlo sin avergonzarme? ¿Dignidad? ¿Tranquilidad? ¿Sensualidad? En su calidez eran objetos que a diferencia de los enchastrados cuadros de las paredes, mantenían una fina y sutil tensión intrínseca. No eran ni más ni menos de lo que decían ser. Definitivamente hay algo agotado –una pieza rota que paraliza el mecanismo, una parte que falta, que ha sido sustraída o se ha desgastado– en lo que vulgarmente conocemos como “lo artístico”.
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