Miércoles a la noche
Hoy, después de un día, bastante duro, me junto con mi novela inédita, la que está esperando, desde ahce un rato para ser publicada. No la presenté en ninguna parte todavía, porque todavía no la veía terminada. Hoy me senté dos minutos, corregí acá, modifiqué allá, tomé algunas decisiones y de repente había terminado. Estoy tan contento que en "Más..." pueden leer el final que agregué hoy. Cualquier semejanza con "El Bailarín..." se debe a que la escribí inmediatamente después. De allí la fecha. Ah, y una cosa, aunque esta parte tenga la técnica del Bailarín, la novela es muy diferente, y bucea en otras técnicas.
MAS...
— ¿Me estás escuchando?
— Sí, sí, dale.
— Mientras escapa volando de Creta usando las alas que Dédalo le había construido con hermosas plumas, cera y livianísimos hilos, Ícaro cae al mar.
— Sí, ¿y entonces?
— Cae al mar, pero esta vez no muere ahogado.
— ¿Cómo que no muere?
— No, en mi versión de la historia, no.
— ¿Y qué pasa?
— Lo salva Dédalo.
— A ver. Se fabrican las alas con las plumas.
— Sí.
— Con las plumas y con cera.
— Sí.
— Y después pueden volar pero a condición de no acercarse al sol, porque la cera se derrite.
— Exacto.
— Pero aunque se acerca demasiado al sol, y la cera se derrite, Ícaro esta vez no muere.
— No. Dédalo lo rescata. Lo saca del agua y lo lleva a una islita cercana, una de esas islas que siempre hay en el Mediterráneo. ¿Me seguís?
— Sí, dale.
— Bueno, ahí le pregunta por qué lo desobedeció, le pide explicaciones, lo reta y finalmente le dice: “Ícaro, fuiste arrogante y pretencioso.”
— Está bien. ¿Y el otro que le responde?
— Ícaro lo mira y le dice: “Sí, pero eso no fue lo peor, también me enamoré del sol”.
Buenos Aires, septiembre del 2003.