Sobre Los Rubios de Albertina Carri

La nota que copio en "mas..." me pareció muy buena. Habla sobre "Los Rubios" una película interesante. Pero más habla sobre dos ideologías y dos formas de leer el pasado que ya es hora de que se enfrenten. La nota fue publicada en cinenacional.com para el momento del estreno de la película de Carri.

MAS...

Pequeñas anécdotas sobre las instituciones

Los dos estrenos de esta semana no pueden ser más diferentes uno del otro: los separa un océano, aquél que divide las obras de arte de las basuras. Optamos por incluirlas en una misma nota (a pesar del dolor que nos da ensuciar a Los rubios colocándola en un mismo texto con Ciudad del sol), porque hablan de un mismo período histórico (los complejos y actuales años ’70) y, sobre todo, porque las unen cuestiones extracinematográficas que demuestran cómo la política cultural en la Argentina (al menos en el cine) sigue siendo vergonzosa.
A la búsqueda de interrogantes
Los padres de Albertina Carri fueron secuestrados durante la última dictadura militar, y hasta el día de hoy permanecen desaparecidos. En base a ese hecho traumático, Carri construye un documental que reflexiona sobre la posibilidad o imposibilidad de recuperar la memoria. Así, éste documental es más un meta-documental, que incluye testimonios de militantes compañeros de sus padres, pero también escenas en donde el equipo técnico debate sobre su trabajo.

La película también cuenta con momentos ficcionales, en donde la actriz Analía Couceyro interpreta a Albertina Carri filmando el documental. De esta manera los sentidos se multiplican hasta el infinito y la película no da respuestas, sino que abre infinidad de interrogantes.

La escena más comentada del film es aquella en la que el equipo técnico lee y debate sobre una carta que le envió el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) negándole el subsidio. Resultan esclarecedores los motivos por los cuales el INCAA toma esta determinación. Argumenta que la visión de la realizadora es demasiado parcial y apasionada, y que faltan testimonios que otorguen un espectro ideológico más amplio.

El INCAA, o al menos los firmantes de esa carta, pide -en resumidas cuentas- objetividad. Lo primero que salta a la vista es la incomprensión de la propuesta de Carri, que no intenta debatir sobre los años ’70, sino más bien sobre cómo se proyectan esos años en el presente.

Por otro lado, se nota la diferencia generacional entre un grupo de dinosaurios que siguen discutiendo sin discutirse, y una directora que aporta una mirada actual, obviamente parcial, pero despojada y del todo analítica.

Sería injusto soslayar esta cuestión, pero igual de injusto sería detenerse en ella. Porque Los rubios es mucho más que una película sobre los ’70. Es una película que se interroga sobre las imposibilidades del cine documental, sobre la inexistencia de una verdad. Algo parecido hizo hace más de sesenta años Orson Welles, que tuvo que pagar sus culpas actuando en publicidades en el ocaso de su vida.

Lo interesante, lo patético, es que uno de los firmantes de esa bendita carta es Carlos Galettini, el director de Los bañeros más locos del mundo, de Los extermineitors y de la otra película que se estrena esta semana.

Guerra sucia, película sucia

Con Ciudad del sol, una vez más el cine argentino vuelve al pasado para realizar una lectura de los años de plomo, una vez más nos regala mensajes altisonantes y personajes que funcionan más como paradigmas que como personas.

Dalma es una antigua militante de los ‘70 que un día decide suicidarse dejándole a Manuela (Jazmín Stuart), su hija, la tarea de reconstruir su historia para, en principio, conocer las razones de la decisión de la madre. Pero esa búsqueda terminará por confrontarla con la verdad sobre su propia identidad. Es que la aguerrida militante popular había inventado para su hija un padre desaparecido que era una suma de virtudes militantes y revolucionarias, ocultando que el verdadero padre de Manuela, Luis (Darío Grandinetti) en verdad está vivo y sus ex compañeros de lucha están divididos entre quienes lo ven como a un tilingo que ha traicionado a la organización y aquellos que lo ven apenas como una víctima mas.

Ciudad del sol es una película aburrida y previsible que por momentos remite a ciertas producciones realizadas en los primero años de la democracia, que podría decirse construyeron una especie de subgénero cinematográfico.

Los ex militantes de los ‘70 descerrajan sus pensamientos y vivencias que van desde el lugar común al disparate sin términos medios, cada uno de los miembros del nutrido elenco convocado para esta película pone piloto automático, hace su número y sale de escena. Algunos no molestan del todo pero el momento culminante es la aparición de Luis Luque como un militante devenido en delincuente de una misteriosa pesada. Luque se desborda, ríe, llora, acaricia a Darío Grandinetti y se despide sin aportar mucha luz al enigma.

Pero detrás de la abulia se esconde algo peor. Porque si ya es bastante siniestro que la madre militante le haya escamoteado la verdad sobre su padre a Manuela, actuando en cierta forma como la dictadura, es directamente incalificable que uno de los personajes enuncie un argumento parecido a los que usaron los defensores de Videla.

Reunido con un tío militar que lo ayudo a salir del país, Luis mantiene el siguiente dialogo:

Tío: -Vos separaste a la familia.

Luis: -Eso pasa en las guerras.

Y así es como la película de Galettini termina asumiendo el argumento de la existencia de una guerra, argumento que transforma en miembros de un ejército enemigo a, por ejemplo, Dagmar Hagelin, la adolescente sueca asesinada por Alfredo Astiz y a los estudiantes secundarios secuestrados en lo que se conoció cómo la noche de los lápices por reclamar un boleto estudiantil.

Ciudad del sol es una película torpe y mediocre desde lo puramente cinematográfico, y despreciable desde lo ideológico.

El largo camino

Los rubios tuvo varios obstáculos para poder estrenarse. No sólo la negativa del INCAA, sino también un conflicto comercial con la productora Cine Ojo de Carmen Guarini y Marcelo Céspedes (además, director del sector audiovisual de la Dirección de Industrias Culturales). Finalmente ese conflicto se resolvió y el INCAA,ante el hecho de que la película había sido seleccionada para el BAFICI, otorgó un subsidio que ayudó a su ampliación.

Y si bien la historia tuvo una especie de final feliz, un final que nos permitirá éste fin de semana ir a verla a los cines, dejó un sabor amargo porque los enemigos, los que ponen palos en la rueda, son exactamente aquellos que deberían facilitarnos al público la visión de películas diferentes y estimulantes.

por Diego Papic y Jorge Bernárdez



dpapic@cinenacional.com Diego Papic


Posted by: Juan Terranova on Mar 09, 04 | 12:15 pm