Lunes a la tarde
Hace un rato estuve en el supermercado. Mientras ponía champiñones en una bolsa de nylon, una mujer me preguntó si eran buenos. Le dije que sí, pensando “¿cómo puedo saber si son buenos? Todavía no los probé. ¿Tendré cara de especialista? ”. Cuando terminé y empecé a poner brotes de soja en otra bolsa, la mujer me comentó, en un tono de seriedad aterradoramente intimista, que un hombre le había dicho que podían ser venenosos, que tuviera cuidado. Bueno, no hace falta ser un especialista para darse cuenta que los champiñones que se venden en los supermercados no son ni pueden ser venenoso, no al menos como los que salen después de la lluvia en el bosque. Traté de evitar cualquier otro contacto verbal con esa mujer, que, era obvio, necesitaba hablar con alguien de cualquier cosa, aunque lo que se hablara fuera ligeramente incoherente.
Las mujeres que van al supermercado, y algunos hombres también, no se ven en ninguna otra parte. O, en realidad, lo que pasa es que el supermercado nos transforma. Por eso Celia y Leandro, y varios más se resisten al placer de hacer las compras.
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