La historia es larga pero ocurrió en poco tiempo, lo cual le dio algo de vértigo.
Ayer a la noche, estábamos con Celia mirando "America X" una película mucho más interesante de lo que parece a priemra vista con un Edward Norton anabolizado y muy, pero muy convincente.
Sonó el teléfono y era Juan Vallejos ("La única verdad es la realidad" vs. el giro linguístico) que me invitaba al otro día, a la exacta hora de las 8:30 la mañana, a protagonizar una de las mesas de apertura del II Congreso Nacional de Sociología de la UBA.
Se habían caído un par de popes de medio pelo (como Rinesi, Casullo, hasta Bartis había sido invitado y no iba).
Yo respiré y dije que sí. No sé muy bien por qué. Será porque una innegable afinidad con el quilombo que tengo.
Convenimos. Cortamos. Le intenté explicar a Celia lo que había pasado y seguimos viendo la película. A la una menos cuarto, Juan Vallejos volvió a llamar. Le había leído por teléfono partes de "El Ignorante" a otro pibe de la cátedra donde ellos están y andaba dubitativo.
"Ahora me desinvita" pensé. Pero no.
Juan está en la Cátedra que dirige Horacio Gonzalez. Y Horaci sí iba. Así que había que tener cuidado, no era cosa de ir y recitar el poema y que el asunto se desmadrara.
Yo ya había pensado esa posibilidad y le dije que más que hablar de mi propio libro, cosa que siempre me resulta espinoza, difícil e insatoisfactoria, mi idea era hablar de la relación entre literatura y sociología. (¿Por qué? Porque ya me la venía venir, por eso.)
Cortamos. El otro convencido a medias. Pero vamos. terminó la película y yo me senté en la computadora y redacté una corta intervención de dos carillas. El centro eran dos preguntas:
¿Qué puede hacer la literatura y qué no puede hacer?
¿Qué puede hacer la sociología y a dónde no llega?
Hoy me levanté tempranísimo, y me fui hasta Sociales con algunos libros.
Juan Vallejos me esperaba con cara de sueño corrigiendo su trabajo sobre "Los Rubios" de Albertina Carri. Esperamos un hora ahí tomando café con leche, mientras el me explicaba que en esa facultad los horarios eran muy laxos.
A las nueve y media, ya habíamos hablado sobre nuestros respectivos matrimonios y otras cuestiones, apareció Horacio Gonzalez que me resultó un viejito tímido.
"Vayan yendo -dijo-, yo tomo algo y los alcanzo."
Pagamos, salimos, cruzamos la calle, subimos al segundo piso y entramos en un aula en la que había, por lo menos, cien personas sentadas en pupitres y unas cincuenta más sentadas en el suelo.
Un pibe, que después em enteraría, se llamaba Darío y también estaba en la cátedra, abrió pidiendo disculpas. Y en su breve discurso, resignado, se escuchaba una voz de fondo que decía algo así como: "Ya sé, los que ustedes vinieron a ver no van a aparecer, así que si se quiren ir los entendemos..."
¿Qué les ofrecemos a cambio? "Los rubios", un poeta amigo (sic) y arreglensé.
Arrancó Juan con "Los Rubios". Su trabajo era impecable. Lo mejor que se escribió sobre el tema, por lo que llegué a escuchar.
Creo que tocó todos los temas: un nuevo actor, un sujeto diferente, yo no quiero ser hijo toda la vida, Albertina Antígona, "Los Rubios" como un proceso necesario de emancipación.
Juan estaba un poco nervioso, hablaba y leía muy rápido. Yo miraba al público. Entre la fauna típica de sociales, había un peludo que se dormía sentado. Todo un espectáculo. Creo que tenía puesta una remera de Pink Floyd.
Lo de Juan, aunque muy bueno, era largo. En eso entró Gonzalez. Las caras giraron. Juan terminó y Gonzalez le respondió, diciendo que Albertina Carri oponía el cine a la sociología, y que eso, viniendo de ella, la hija del gran sociólogo, era una lástima.
Cuando, en realidad, lo que hay en la película es un reclamo genereacional desde lo privado.
Gonzalez, aunque siempre sutil, eludía la crítica, la llevaba a otros terrenos. Insisto, lo vi viejo, muy viejo, pero más que viejo, Viejo Vizcacha.
"Los Rubios le saca el derecho a hablar a nuestra generación" mandó en un momento en que ya la cosa encarrilaba al aburrimiento. Su generación, acuérdense, viene hablando desde hace como cuarenta años, más, cincuenta y no se calla con nada y contra nada.
Yo, de haber sido más guapo de lo que soy, lo hubiera cortado y le hubiera dicho: "A usted le duele que lo nieguen. Haga un auto-crítica entonces."
Pero estaba jugando de local, había pasado hora cuarenta del inicio de la mesa y para tanto el cuero no me da. Aparte, contra todo, Gonzalez me cae bien. Viejito loco.
Me dieron la palabra y acá se arma porque si bien no soy tan guapo, histérico soy, tengo un libro y algo voy a decir.
Pero juasto antes de que dijera nada, Gonzalez pidió permiso y se retiró. Quince minutos de tensión, mientras yo presentaba las diferencias entre sociología y literatura como para que no me enjuiciaran ahí por loco, y después fue la distensión total.
Yo hice el show dentro de los límites que vislumbraba y me debo haber zarpado en algo, lo nombré a Gonzalez, comenté su salida a tiempo, y debo haber tocado algo cuando leí parte del poema, porque, aunque había interés y se me escuchaba, en un momento mi alter ego Juan Vallejo dijo: "Tengo la sensación de que estamos viendo una película porno a las dos de la tarde".
Esa frase, obvio, me conmovió.
Cuando llegó el debate, los pichones de sociólogos arremetieron. Salvo una rubicieta maleducada (justo) que me pidió que sintetizara mis ideas y tratara de darles cierta "metodología" (sic again) porque si no, no servía de nada, hubo comunicación con los sociólogos. Unoh asta confesó: "Vine por Gonzalez, pero me interesa mucho más lo que están planteando ustedes".
Salieron dos conclusiones generales interesantes. 1. Hay que hacerse cargo de las contradicciones, que existen y son muchas. 2. Hay que ir a revolver los ochentas, porque ahí hay tela para cortar, un nudo gordiano que además está escondido.
Algo más hubo, pero me voy hasta el final donde saqué una pila de libros y dije: "Acá les dejo mi obra". Los de las primeras filas cayeron como buitres, quizás impulsados por el acto reflejo cuando escucharon que no los iba a vender. Seguro, alguno se va a limpiar el orto con esas páginas. Allá ellos, son los riesgos de la literatura.
Después, al bar.
- ¿Salió bien?- preguntó buscando confirmación el otro Juan.
Y yo:
- Sí, salió bien, ¿sabés por qué? Porque podría haber salido muy mal.
Acuerdo.
Y de repente, otra vez, como en una pélícula muda, volvió a aparecer Gonzalez. Se hizo charla de café con allegados y yo le regalé "El Ignorante". ¿Qué leerá ahí? ¿Le hará salir una cana más en esa frondoza cabellera? Posiblemente. Me cae simpático. Es como si fuera un Chaplín ilustrado. Contó de los problemas gremiales en la Biblioteca Nacional y aledaños.
Cinco minutos más tarde, en un acto de constricción intelectual, sin ser descortés para nada, me levanté y dije que me iba. Al mismo tiempo pensaba: "Hasta acá la sacamos muy barata". No había necesidad de seguir tentando a la suerte.
Desde un locutorio la llamé a Celia y le conté que todo había estado medianamente bien.
Y después me metí en el subte.
Juan, ese Alberto Gonzalez ¿es uno que parece un folklorista de los años 60 y anda por la vida como si hubiera ganado el premio Cosquín? Tipo humildemente te sobro. O me equivoco?
Colaboro con ésta frase palíndroma; disculpe usted que la incluya en éste tópico pero deseo que usted la lea a la brevedad, la comente, y si es posible la distribuya.
Gracias por su colaboración.
Y a Narda la tetona le ama Calné, en la cama el ano te taladran, ay!
Hola, leo hoy esta descripción por momentos simpatica de la epopeya de ayer y esta bien. El comment de Maria on Oct 21, 04 me parece un poco pelotudo y sí, María, te equivocas y fiero.
Con respecto al resto, Juan, sabes que sos un tipo que me cae muy bien y de hecho creo que estamos comenzando a hacernos amigos. A veces pienso que por tu estilo de escritura tendés al bardeo casi sin proponértelo. Horacio, sabes que tuvo que irse porque le habian encajado otra mesa en el mismo horario. Hoy un poco mas tranquilo me quedé pensando en algo que charlamos ayer en la puerta del subte: coincido con vos, lo nuestro deben ser las continuidades. En ese sentido, (quizás mi inminente partida me esta poniendo un poco melanco, me hago cargo) creo que deberiamos cuidar mas a los tipos que aceptan ser nuestros maestros. Creo que hay algunos, creo que existen. Creo que hay tipos que se interesan por enseñarte cosas y por hacerte crecer. Podría nombrar en mi caso a tres: Horacio Gonzalez, Eduardo Rinesi y José Emilio Burucúa. Recuerdo también que en un momento en la charla dije que debiamos tener cuidado de no caer en la estupidez. Cuando Emiliano dijo que se sentía castrado por el discurso de Gonzalez, yo me pregunto si la respuesta no será algo menos psicoanalítico como que todavía nos falta leer algunos libros para no sentirnos castrados. Me parece que lo de ayer para nosotros también fue un ritual, un cierto pasaje a la adultez. Sin embargo, ahora que ya lo hice me di cuenta de que la emancipación pasa por otro lado. No por decir que Gonzalez se parece a Chaplin, la verdad es que esa frase me pareció un poco boluda. Me parece que si te permitis hablar y escribir de manera original sin ser un lameculos como afortunadamente nos permitimos vos, yo y muchas de las personas que nos acompañan, está bueno también permitirse escuchar, saber escuchar y saber leer. Poder comprender el lugar del otro me parece que es la tarea más constructiva que nos podemos proponer en un proyecto de establecer continuidades y por qué no, tradiciones.
Un abrazo, nos vemos hoy a la noche,
Juan Ignacio
Querido Juan Ignacio,
Los porteños de estas y otras épocas viajaban y viajan a París, los españoles se van de putas y a los toros, los alemanes, a Ibiza.
La iniciación existe como rito.
Cada uno empieza remar en la vida como puede. Quizás a mí me haya tocado tirar algún que otro sablazo de más.
Me hago cargo de mi accionar.
Cuando crezca, y creo que no falta mucho, me voy a portar mejor.
Y voy a intentar esquivar la estupidez.
Promesa.
Abrazo.
Querido Juan Ignacio, siempre te faltará leer algunos libros, ese pensamiento te condena a la sensación de castración. Siempre habrá alguien que leyó lo que vos no leiste pero por eso no te sientas en falta. Hace con lo que tenés. Te lo digo sinceramente aunque me trates de pelotuda.
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