Estoy de vuelta. Mi casilla de mails está llena y mis corderoys marrones comprados el año pasado, llenos de polvo.
El gato vomitó en el parqué y Celia se fue derecho a la cama a ver "Sex and the city".
Y yo acá, escribiendo esto y pensando que, aunque lo pasé muy bien en el campo, extrañé Buenos Aires.
Los perros están enormes, estuve amasando pan y vimos nacer un par de corderitos.
Trabajé bastante con las manos, lo cual nunca está de más (un molino, el collar de un perro, una pala, leña para el fuego), pero también terminé de leer "Adiós a las armas" (una edición algo ajada, tapa dura, Buenos Aires, 1940, pésima traducción) que compré en Posadas. Me gustó, entusiasmándome por esa cosa que tiene Hemingway y que no termino de entender.
Después, y como los días son largos, de un plumazo liquidé "Cien cepilladas antes de dormir" de Melissa P., una sonada novela con forma de diario, mucho sexo y poca onda. La piba que se encama con tres o cuatro en busca del Amor (así, con mayúscula). Demasiado trillada, aunque las escenas de sexo y la performance autor-protagonista pasa.
Y dos libros más, cortos, bibliorgáficos: "Etnografía y trabajo de campo"´, un pequeño manual sobre trabajos de campo que pasó sin pena ni gloria; y "La prensa sensacionalista y los sectores populares" de el chileno Guillermo Sunkel. La crítica merece un post aparte.
En la ruta llovió un poco y el paisaje de La Pampa sigue rindiendo lo suyo.
Si mi apuran, aunque Machado de Assis asegura que la muerte es una garantía para todos y todo, la llanura que acá conocemos como Pampa y cuya existencia obsesionó a literartos antigüos y estadistas vernáculos no parece muy enterada.
Más bien parece bastante eterna, te diré.
Bienvenido, Juan. Ya estaba extrañando tus posts.
Eso de trabajar con las manos suena lindo, pero. El otro día vino a casa el imprescindible sr Olivera, a quien llamo cada vez que algún desperfecto en materia de plomería pone en jaque mi hogar. Bueno, lo miraba trabajar con la envidia que me da observar a alguien que sabe hacer cosas de provecho, y pensaba que las manos de ese hombre tienen mil años, están anchas y curtidas de arreglar cosas.
Las mías parecen las de Clarita Rottenmeier, la amiguita inválida de Heidi.
Gracias por el cariño, Rodrigo.
Lo de las manos es un mito. Y como todo mito tiene sus ideas y sus vueltas (véase el Martín Fierro, si no).
El sábado le pregunté a un peón por qué no se curaba una herida que tenía en la palma de la mano izquierda. Le ofrecí un desinfectante y un poco de polvo cicatrizante. El tipo sólo aceptó el desfinfectante.
Después, hablando de otra cosa, me di cuenta de que suscribía el mito, completamente intelectual, de que un hombre con manos curtidas es un hombre que vale más. Enseguida le perdí bastante del respeto que le tenía respeto.
A cada cual su mandarina, decía mi abuelo.
Muy cierta su observación, sr Terranova. Sin embargo, sigo envidiando profundamente a los tipos que saben de mecánica, electricidad, plomería, etc. De hecho, cuando consigo colocar exitosamente un tarugo, me siento Gardel.
Bueno, en general siempre que uno consigue colocarla exitosamente, se siente un poco El Zorzal. Digo yo.
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