Como otros, vi a las mejores
partes de mi generación,
desguazada y aturdida,
perderse en las interrumpidas llanuras de Finlandia,
cambiar en los incontables lagos de Michigan y quedar ciegos
por el sol de Rio de Janeiro.
Los vi escaparse de Buenos Aires como alguien escapa de
la guerra y de la enfermedad,
Los vi caminar solos o acompañados en universidades
lejanas
Donde la biblioteca es high-tech, donde hay becas de doctorado
y un comedor limpio,
y los vi escribir en sótanos y en bares largos poemas
autobiográficos,
mientras pensaban en la calefacción o en el dinero
que nunca es suficiente.
Los vi plagiar y volver a vivir frases hermosas, insignificantes,
consagradas y malditas,
Es el momento y la hora en que el sol la cresta dora,
y toda esa mierda mentirosa de la gauchesca que vino después,
Los vi copiar gestos y sellos,
y formas de caminar y de verse a sí mismos,
Los vi reproducir la imbecilidad ajena
y los admiré cuando admitieron su falta de talento
casi tanto como cuando fueron talentosos.
Nadie contó cuantas
veces se mordieron las manos para no dormirse
en una clase aburrida de la facultad de Filosofía
y Letras,
Nadie contó cuantas
veces insultaron a los profesores
en pasillos sucios y baños llenos de inscripciones
que invitaban al coito homosexual,
Nadie contó cuantas veces escribieron monografías
pasionales o insípidas,
cuantas marcas dejaron en cada una de sus pieles,
o cuantas veces leyeron a la luz mediocre de un bar
los grandes textos de la literatura universal,
fotocopiados sin ganas en invaluables hojas grises,
compradas con monedas de un peso a una lesbiana que usaba
una cadena de oro
alrededor de un cuello grueso como el tallo deforme de
un árbol
negro.
De mi generación puedo decir que se bañaba
todos los días,
a la mañana o a la noche, puedo decir que estudiaba
mucho,
leía todo, hacía caso y ponía cara
de circunstancia
cuando la acusaban, enteros analfabetos, de no leer suficiente.
También escuchaba a Miles Davis,
como si fuera una música de invención reciente,
y terminaba yendo a la Lugones
a ver una película francesa reprogramada por quinta
vez,
mientras se reventaba la cabeza contra las paredes
para conseguir un trabajo que valiera la pena.
La generación anterior la atacó y la lastimó mucho,
le habló de la voluntad, de los desparecidos,
le incrusto fantasmas y sus propios miedos en la cara,
y le hizo llorar, como si fueran propios, muertos que
nunca conoció.
La vieja generación
frustrada y aturdida de viejos libidinosos,
jinetes sin caballo, muertos de miedo, troskistas putos de
mierda,
montoneros de la nada, la caja craneana rellena de pasto
pampeano,
la izquierda bien pensante,
soberbios y megalómanos
que se dejaron arrastrar por una pulsión de muerte
heróica,
la clase media con culpa,
vamos a hacer la revolución con una guitarra, con
guano y estiércol,
o con El Capital de Karl Marx en ediciones Claridad,
una lectura obsoleta, pero necesaria dijeron,
para hacer la revolución lo mejor es la soberbia.
Y los reventaron a palos,
y los mataron como se mata a un insecto vidrioso con un diario
enrollado
y ahora se esconden o no hablan, y cuando hablan,
siguen pregonando el miedo y la muerte y todas sus imposibilidades.
Las generaciones como invento
de salón literario,
la del 37, la del 80, la del centenario, las vanguardias
de los 20,
los existencialistas, las vanguardias de los 60, los exiliados,
los peronistas de izquierda, los peronistas de derecha,
la fracturada apuesta del frondicismo,
los bares de la calle Viamonte, Sartre mal o bien leído,
el Movimiento de Liberación Nacional.
nos juntamos en la Paz y planeamos la guerra,
cáncer del más puro para nosotros.
Todas las generaciones, entonces,
en su más completa y perfecta imbecilidad,
con sus genios y sus nulos, y en su más enfático
esfuerzo,
son un peligroso invento canceroso.
Sin embargo, yo sigo viendo
a la mía cuando usa palabras
de otros,
cuando con herramientas y satisfacciones interminables
saquea escritores famosos o mediocres,
para después darse cuenta que en el presente los
idiotas mueren
y si uno los deja morir es una fiesta.
Aunque hablar hoy de generación
sea torpe,
Aunque sentir que uno pertenece a algo sea sospechoso y sea
deshonesto,
Hay que volver y arreglar las cosas con esos viejos quemados,
Decirles que ellos enterraron la pierna hasta los huevos
en un montón de basura
Y ahora no se pueden limpiar, porque nadie sale limpio en
la lucha por la vida,
Lo único que revolucionaron fue el arte de tirar
la piedra y esconder la mano.
Y ahora están muertos.
Los torturaron pero yo los desprecio.
Están quemados, pasados, el pinchazo no los curó,
Tuvieron sus utopías llenas de narcisismo.
Tuvieron sus horizontes de Cuba del 59,
Ir a entrenarse en las tácticas de la guerrilla
urbana
Y de paso montarse una jinetera en el Habana Libre.
Después plantaban un caño
en un cine para formar parte de un clan de subversivos
que fumaban marihuana en rincones oscuros
y hablaban de Regis Derbray, el amigo del Che, flor de pelotudo.
Para la utopía fueron
maestros, y pensaron en el mundo.
Para la traición fueron geniales, y marcaron a sus
compañeros, mujeres e hijos
Desde los míticos y reales Fords Falcon verdes.
Lo peor del idealismo y lo peor del pragmatismo, delación
y revolución.
Cuando se les acabó la
conquista del mundo,
lo único que les quedó fueron los derechos
humanos.
(Y aunque todavía intenten
levantar la cabeza
Del pozo oscuro y frío de la muerte,
Siempre el filo del arado
Terminará pasando sobre los huesos de esos muertos
Para trepanarles el cráneo una vez más.)
Sin embargo, algo ellos hicieron bien,
Se quedaron con los diarios y la cátedras,
con los suplementos culturales y las revistas,
Y entre esos pliegues esconden ahora su juventud degradada
y falsa.
Su única operación
real y exitosa fue sobrevivir,
ser parricidas y filicidas al mismo tiempo.
Sí, señor, los mejores carecen de toda convicción,
mientras que los peores están llenos de apasionada
intensidad.
Mientras tanto, yo vi a mi
generación despreciar
la originalidad,
Y ser originales en ese acto,
Los vi falsear sus sensaciones y al mismo tiempo
Reconocer que estaban perdidos y que solamente eso les quedaba.
Cinco horas de televisión diarias,
Terapia una vez a la semana,
Clases de semiología y una mesa de poesía
en centros culturales,
Donde se leían poemas indescifrables,
Juegos de palabras, nada de política, pura horadez
estética,
Para después salir a buscar un poco de aire o drogas
livianas,
Que ayudaran a mitigar el esfuerzo absurdo de haber estado
ahí
Y esas ganas de hacer el ridículo.
Yo también me automediqué, di clases de gramática,
Me cagué de miedo en los exámenes más
fáciles del mundo,
Para después soñar con fama, y gloria y escribir
algo que valiera la pena ser leído.
Mi generación y yo,
fuimos en bloque a fiestas en departamentos de tres ambientes,
Por la zona de Congreso, en Belgrano o en Palermo,
Donde se tomaba cerveza y revelador de fotos,
Donde uno siempre llegaba con la esperanza de conocer a alguien,
Y se iba, aturdido, solo y miserable cuando se hacía
de día,
O se iba antes porque ya no aguantaba escuchar una vez
más
Un tema de Prince que no era malo y las pibas gritando
histéricas.
Para mi generación el
rock no era algo bestial e inaudito,
Era cultura alta, música prestigiosa,
Las letras eran poesía
que se aprendía a tocar con profesores particulares
y sala de ensayo a diez pesos la hora.
Para mi generación el teatro era el viernes a la
noche en el San Martín,
Obras de viejos-jóvenes dramaturgos que recorrieron
los festivales del mundo,
El planteo del poder como algo siempre intrínsecamente
perverso y viciado,
Una crítica eterna a los abusos del menemismo,
Que terminó siendo parte fundamental de la cultura
progresista de los noventas.
Y sí, vi la figura ajada
de Allen Ginsberg en el espejo,
Hippie, Homosexual y Comunista,
Pidiendo a gritos que no lo plagie,
Suplicando que sea yo, que no me oculte, que escriba algo
original,
Y después me vi a mí mismo, cagándome
en Allen Ginsberg, y robándolo,
Muerto como estaba a fin de siglo, con un mantra satánico
por mortaja.
Uno nunca termina de arreglar los asuntos que tiene pendientes
con los padres que le tocaron en la repartida.
Y digo esto porque yo los vi a ellos, mis contemporáneos,
discutir, con indiscriminado entusiasmo y en horarios universitarios
de trasnoche,
A Hegel y a Nietzsche y a Marx y a Platón.
Los vi bostezar hasta que la cara les quedó acalambrada
y muerta,
Los vi salir de los agujeros más profundos de la
ciudad,
De pensiones, internados y departamentos decorados con
fórmica,
Para llegar en horarios insalubres a lo que era y es una
tapera universitaria.
Babosos y escépticos, los vi apalabrarse hembras de
pensamientos metafísicos,
Pero de cuerpo reales, que con su sola presencia hacían
interesantes
Hasta las inútiles y anacrónicas clases sobre
poesía marginal brasileña.
A través de las puertas vidriadas y enfermas de las
aulas famélicas
Se los podía ver, alumnos aburridos pero nobles,
Dibujando los márgenes de sus papeles
Mientras profesores apasionados discurrían mal pagos
Sobre su lectura original de las cartas perdidas de Gide,
Fantaseando todos ellos, alumnos y profesores,
Con el día en que escribir sea posible,
Lejos de los pensamientos viciados de la academia,
Y sus imposibilidades y sus miedos contagiosos y feudales.
Los vi defender decisiones
que los destruían,
Bajo el signo de la lucha anti-capitalista,
Los vi arreglar para ir al cine,
Y después intentar una cogida digna,
Que siempre, siempre, salva y redime,
Y jerarquiza y justifica la mugre de los pisos de la facultad,
Y las largas horas de clases enfrente de una sabihonda
menopáusica,
O las no menos desalentadoras horas de estudio en una biblioteca
que parecía más una morgue o un quirófano.
Yo vi a mi generación echarse ese polvo glorioso
de la redención,
Con la maña y el entusiasmo de un artesano medieval,
Y después la vi llorar por los rincones de su mente
la sospecha oscura del SIDA,
¿
Qué haría si me tocara el HIV?
Yo la vi dudar frente al análisis y después
el alivio de sentirse limpio.
Más tarde, en Corrientes, en los bares mugrosos de
la generación asesina,
Todavía se cuentan historias y todo, todo se construye
con palabras,
Porque no existen ni los hechos, ni los cuerpos ni las cosas.
Y fue así, y así es, y así será.
Porque abrimos los suplementos culturales de los diarios,
Y siempre es la misma trama homogénea,
Rescatamos al poeta fulano, describimos al novelista mengano,
Una de las voces más interesantes de su generación,
Ese ensayista esencial, el mejor de la Argentina,
El último premio nobel es húngaro y escribe
novelas,
qué buena esa nota sobre Orwell, un visionario,
Rebelión en la Granja, el chancho era Churchill,
indispensable.
Y así y todo la literatura,
de vez en cuando se abre paso,
Y leemos una buena nota sobre Pynchon,
Una nota que es mejor que la novela que reseña,
Y después cerramos las páginas y nos damos
cuenta
Que todo el resto del diario,
Espectáculos, Deportes, Turismo y Necrológicas,
Es mucho más literario que el suplemento cultural.
Porque más tarde alguien
habla de un escrache.
Le tiraron pintura en la espalda a un represor.
Y el croto que pide monedas en La Giralda me lo dice clarito:
“
Qué escrache ni escrache, pibe.
Si alguien se mete con mi familia
no lo ensucio con pintura ni lo repudio ni un carajo,
voy y le pego un tiro en los huevos, eso es lo que hago.
Voy y le pego un tiro en los huevos
Para que se muera desangrado en la calle.
¿
Qué menos que eso, pibe? ¿Eh? ¿Qué menos
que eso?”
¿Quién no vio a mi generación
perdiendo la vista
en los infinitos y oscuros pasillos de la Universidad,
buscando una beca que le diera el poder adquisitivo negado,
dinero fresco, importante, dinero fuerte, o débil,
poco dinero,
pero dinero al fin, lascivo dinero como la noche de invierno
en Primera Junta buscando un hotel para el polvo que salva?
¿Quién no vio a mi generación
cobrando esa beca,
miserable o suertuda, y salir a comprar cosas banales,
ropa, pañales, libros inservibles de ciencia ficción
berreta,
alimentos no perecederos para el viaje hasta el golfo?
¿Quién no vio a mi generación
usando su beca de hambre
para pagar, como si fueran bonos de La Forestal,
en la ventanilla de al lado, su post-grado infaltable,
sus teóricos refritos, su pasaporte imaginario a
la utilidad?
¿
Quién no vio a mi generación rebajándose
por la beca de doscientos pesos, masticando la bronca
de chupamedias, alcahuetes, olfas, maricones,
sumando puntos con su presencia
en clases ruines y repetidas,
con miedo de hacer el comentario fatal?
La generación intermedia se dejó montar
por los Contorno,
Por los Tel-Quel, por los estructuralistas y los post estructuralistas
que volvieron del exilio, con las manos llenas,
Informados, cultivados, bañados en las aguas del
Sena o del Ganges,
Socialdemócratas, limpios, inspirados, y sobre todo,
soberbios y sabios,
Volvieron a cogerse a los que
habían quedado acá,
Y se los cogieron.
A los jóvenes les prometieron en el 82
La mejor universidad del mundo, y les dieron,
Bastante después, la posibilidad de un exilio penoso
En alguna universidad de segunda en el sur de los Estados
Unidos,
Y agradece que no te metí las bolas, porque si no...
Para los que no saben, hay tres generaciones visibles.
Uno, la de los viejos consagrados, que no mueren,
Y son astutos y reputados, y lo prometieron todo,
y después no hubo nada.
Dos, la de los intermedios,
democráticos y verticalistas, frágiles, paranoicos,
se la comieron doblada, llorando a escondidas,
bailaron el baila más triste de todos.
Y tres, mi generación, que no es nada, ni nadie,
y es eterna,
Y se pierde entre las vueltas de la vida, inútil
y perezosa a la fuerza.
Todo los matices y las excepciones posibles
No desdibujan la figura del falo en el tapiz.
Sí, yo vi a mi generación
lamiendo una mesa de bar por una beca,
Por quince horas semanales en un colegio de Belgrano,
Donde se enseña el Quijote, primeros ocho capítulos
y el último,
Donde se enseña El Matadero y el Martín Fierro,
Ese cuento fantástico de Cortazar que ya no se aguanta
más.
Yo vi y viví esa, mi generación, pero, por
lo menos,
No nos dejamos coger por los viejos y su gerontocracia,
Por sus Institutos y sus fundaciones.
Aunque tuvieran la lengua de la nueva izquierda bastante
en uso.
Porque al final, el asunto siempre pasa por la izquierda.
Pero no es amor ni es un virus, un gusano en las tripas,
Nada de eso, es la izquierda misma y sus hombres que corren
por mis venas
Y hace sinapsis de merca en mi cabeza.
Porque ustedes están en mí,
viejos de mierda,
Y no se mueren y están en mí.
En mi cuerpo estás,
Juan Gelman,
Con tu reputación intachable y tus versos que
todos alaban y nadie lee,
En mi cuerpo estás, David Viñas,
Con tus excelentes novelas autobiográficas
y tus historias fraudulentas de la literatura argentina
En mi cuerpo estás, Noe Jitrik, burócrata
infeliz,
Con tu mezcla de teorías, con tu arca llena de animales
muertos
y tu pasado guerrillero.
En mi cuerpo estás,
Rodolfo Walsh,
Con tus odas al basural, tu prosa inmaculada, y tu peronismo
oculto,
para venderte en Derechos Humanos.
En mi cuerpo estás, Haroldo Contí,
Aunque yo no sepa qué mierda escribiste ni quién
mierda sos.
En mi cuerpo estás,
Ricardo Piglia,
Porque supe que alguna vez fuiste marxista,
y es probable que los sigas siendo,
y porque finalmente te admiro con impúdica sinceridad.
En mi cuerpo estás, anónimo
soldado montonero desaparecido,
intelectual de las ramas, orador de los chimentos,
Que alguna vez discutiste en un bar,
antidemocrático hasta la furia,
como asaltar una farmacia
Mientras dejabas que se llevaran la guita del secuestro de
los Born para Cuba.
En mi cuerpo están todos
ustedes,
me nutren y a la vez que me fortalecen y me sofocan,
Me niegan
y me dicen que soy inútil,
que tengo que leer a Gramsci,
y me cantan las batallas, y me silban,
y me aplauden, y me mandan a callar,
y me piden mi opinión, y me dan fuerzas,
y me venden sus libros, y me alquilan a sus mujeres,
y me dan cargos ad honorem,
y me roen las entrañas,
y me ayudan a salir a flote,
y terminan por descartar cualquier compromiso político
de verdadera implementación práctica
porque, todos lo sabemos,
son jóvenes para morir
pero demasiado viejos para el rock ´nd roll.
Yo vi a mi generación perpleja cuando descubrió en
libros de texto
Que antes de la dictadura, no había problemas para
conseguir trabajo,
Yo vi a mi generación perpleja cuando supo que a
tres años de la carnicería
Festejaban la primavera camporista.