Estuches de guitarras vacíos llenos de flores
Me aburrí de Spotify decía (y aparte la serie no está tan buena), y me puse a buscar otras cosas hasta que encontré una nota sobre los Preppers, que son “personas que se preparan, en ocasiones de forma exagerada, para una hipotética catástrofe y, por extensión, a quienes temen situaciones de desabastecimiento”. Entre esos Preppers hay megamillonarios como Ek. Y Douglas Rushkoff, escritor, divulgador y filósofo, fue contratado para asesorarlos sobre cómo sobrevivir a un evento final: un posible apocalipsis nuclear, climático, biológico o una guerra originada por el descontento social.
Cinco personas en lo más alto de la pirámide social mundial, grupo al que Rushkoff denominó La Mentalidad, lo recibieron así: “Una limusina le estaba esperando nada más aterrizar en un aeropuerto situado en un país desértico del que no ofrece más pistas. El chófer aparcó en un lugar recóndito del mundo, en el que seguramente no habría ni una sola alma a cientos de kilómetros a la redonda. Y, después de tres largas horas esperando dentro del lujoso automóvil, un jet privado taponó los rayos del sol, descendiendo hacia donde estaba para recogerle. Al día siguiente, dos hombres le llevaron en un coche de jugar al golf hasta una sala de reuniones que, suponemos, estaba sumergida bajo tierra”.
Y bueno, The Playlist no profundiza nada, se cuenta desde los distintos personajes que se contradicen, y ensalza la historia de otro emprendedor (y el mundo está lleno de emprendedores) al que le va bien; que “revoluciona” un sistema de creencias y de ideas y de cosas dadas, en este caso en la industria de la música, para cambiar eso por una anarquía liberal en la que los dueños (pareciera ser que…) somos todxs, pero el que se la lleva es uno solo.
Y lo que dice Rushkoff en un momento me dio risa. En realidad, lo que quieren los Preppers es, usando la tecnología, escaparse del resto de nosotros.
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Y me pareció hermoso.
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En el libro “El coso del rock”, Alejo Auslender habla sobre las aventuras de su grupo, el Deportivo Alemán, tocando en el under “invisible” de Buenos Aires (pero podría ser de cualquier lugar). Es una historia sobre lo absurdo de seguir intentando algo imposible, un camino que, aunque amarguísimo, a veces regala chispazos hermosos (y por eso lo seguimos haciendo). Ese algo, que no se puede ver ni tocar ni poner en palabras, es El coso del rock.
Escribe así:
“La diferencia con mi banda anterior, El Pinche Tirano, que tuvimos entre 2000 y 2014, era un poco la idea más naif de decir ‘tenemos que pegarla, ¿cómo puede ser que no nos vengan a ver?’. Con Deportivo Alemán estaba ya pensado que esto es lo dado, es una banda que no conoce nadie, hay millones de bandas, una sobreoferta de bandas, y las condiciones para tocar en Buenos Aires y en Argentina en general son éstas”.
“Pasaron dos bandas, llegó nuestro turno. Subimos, armamos, metimos un cuelgue para probar y corrieron el teloncito: nadie, ni una persona se había quedado para vernos. Todos estaban en el patio de El Emergente escabiando, charlando, fumando, viviendo, escuchándonos desde un lugar seguro. Recién en el sexto tema entró uno a comprar cerveza y al vernos tocando se buscó una mesa más o menos cerca y se sentó. Parecía un hombre grande, el padre de alguien. Aplaudió cuando terminó el tema y el Pipa le presentó a banda”.
En la tapa del libro hay un He-Man rotoso que carga guitarras, un bajo y partes de una batería, y le hace frente a un molino de viento. Si lo ven por ahí cómprenlo, si pueden. Es uno de los mejores libros que leí en mi vida.

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Una reescritura indie de Aullido*
He visto los mejores y peores músicos oficinistas autodidactas de mi generación analógica digital destruidos por la locura del porro paraguayo, histéricos famélicos muertos de gula arrastrándose por las puertas de un bar para tocar, negros al amanecer buscando una dosis furiosa de reverb y distorsión, cabezas de ángel
abrasadas por la antigua vintage conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria emo de la noche, quienes
pobres y andrajosos como un joven grunge y con ojos cavernosos y altos se levantaron con pulóveres grandes y buzos con capucha fumando más porro (pero ahora flores) en la oscuridad sobrenatural
de los departamentos depre sin agua por obras municipales, flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando la escena del indie.
Quienes expusieron sus cerebros y vieron ángeles escuchando Loveless y The queen is dead tambaleándose en los
techos de apartamentos iluminados por un foquito, llenos de compacts, gatitos y libros sin lomo de editoriales independientes de poesía contemporánea…”.
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P/D:
Sobre el final del libro, Auslender cita a El corazón de las tinieblas, donde el personaje Charlie Marlow dice: “Es imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos…. solos”.
Y cierra:
“El otro día pudimos ver nuestro Coso en pleno acontecimiento, y su esencia era como la de un sueño que nosotros nos estábamos contando, un sueño que podíamos ver. Marlow dice que es imposible transmitir las sensaciones de un sueño y el Deportivo le cree, pero la soledad no tiene nada que ver con eso. La gracia reside en que uno debe intentar contar su sueño aunque la esencia sea incomunicable, pararse frente al fuego con la sombra bailoteando en la pared de la caverna y apuntar la voz hacia los ojos que nos esperan, tratando de hacer visible algo irrecuperable. Mientras exista ese gesto nadie estará solo jamás”.
Y bueno, creo que acá en Mal intentamos eso mismo. Contar nuestros sueños para estar menos solos.